Entre los vaivenes de la cotidianidad encontrarse en Medellín en el parqueadero de una clínica, en un parque, en el colegio o universidad, la biblioteca o museo mas cercano a un poeta de algún país de este mundo leyendo sus versos resulta una caricia al alma.
sus ramas. Y sus troncos son heridas,
cicatrices que el viento y la luz cierran,
cuando el tiempo, el que hace y el que pasa, ocupa el corazón y lo hace nido
de pérdidas, erige su áspera columna.
Por eso las palmeras son alegres
como los que han sabido sufrir en soledad y se mecen al aire,
barren nubes y entregan en sus copas
salomas a la luz, fuentes de fuego,
abanicos a dios, adiós a todo.
Tiemblan como testigos de un milagro
que sólo ellas conocen.
Somos como la sed de las palmeras
y cada herida abierta hacia la luz
y cada herida abierta hacia la luz
nos va haciendo más altos, más alegres.
Nuestros troncos son pérdidas. Es trono
nuestro dolor. Es malo
sufrir pero es preciso haber sufrido
para sentir, como un íntimo nido,de los superviviente
sal aire agradecidos y estallar
de alta alegría en medio del desierto.



Y es que escuchar cualquiera de las historias de los familiares de los secuestrados conmueve de tan solo imaginar como a estas personas se les han arrebatado años de su vida, y permanecen metidos en una selva en condiciones precarias mientras el tiempo pasa y la vida sigue sin ellos. Con un simple ejercicio mental basta con recordar lo que nos ha pasado en nuestras vidas en los últimos 10 anos, (cualquiera alcanza a estudiar una carrera, casarse y tener un hijo) y ese es el tiempo que algunos llevan privados de su libertad. Pues esa realidad la padecen también sus familiares que aun con el ritmo que impone la cotidianidad viven recordándolos, añorándolos, luchando y soñando con el día de volverlos a ver. 